Normalmente, los libros de ficción con temas matemáticos de fondo no me atraen demasiado. Pensados para un público juvenil, incluyen aventuras fantásticas o de misterio que se resuelven con mensajes cifrados y rebuscadas relaciones matemáticas milenarias. Pero como estoy segura de que todos no son iguales, me he propuesto leer algunos que luego pueda recomendar a mis alumnas. Éste me atrajo desde el principio: una historia mínima, muy japonesa.
Fotograma de la película.
Autora: Yoko Ogawa
Funambulista. Madrid (2008) 299 pp.; col. Literadura; trad. de Yoshiko Sugiyama y Héctor Jiménez Ferrer, posfacio de León González Sotos; ISBN: 978-84-96601-37-6. (Hakase no aishita sushiki, 2003).
A partir de uno de sus trabajos como asistenta, la narradora y su hijo de diez años empezaron una relación muy especial con un anciano profesor de matemáticas que, a consecuencia de un accidente, tenía una autonomía de memoria de solo ochenta minutos.
Magnífica historia. Las vidas cotidianas de los personajes se despliegan delante del lector con calma y emoción contenida. Las manías y cualidades del profesor dan pie a que se vayan introduciendo conceptos matemáticos en la narración, algo que se hace con oportunidad, claridad y buen humor. El mayor gancho está en el talante del anciano matemático: su preocupación continua por el niño que pasa por encima de sus limitaciones de memoria, su capacidad de transmitir sus conocimientos con entusiasmo y su alegría con los progresos de sus ocasionales alumnos, la visión de sus propias investigaciones como un «mirar a hurtadillas el cuaderno de Dios y copiar»...
Funambulista. Madrid (2008) 299 pp.; col. Literadura; trad. de Yoshiko Sugiyama y Héctor Jiménez Ferrer, posfacio de León González Sotos; ISBN: 978-84-96601-37-6. (Hakase no aishita sushiki, 2003).
A partir de uno de sus trabajos como asistenta, la narradora y su hijo de diez años empezaron una relación muy especial con un anciano profesor de matemáticas que, a consecuencia de un accidente, tenía una autonomía de memoria de solo ochenta minutos.
Magnífica historia. Las vidas cotidianas de los personajes se despliegan delante del lector con calma y emoción contenida. Las manías y cualidades del profesor dan pie a que se vayan introduciendo conceptos matemáticos en la narración, algo que se hace con oportunidad, claridad y buen humor. El mayor gancho está en el talante del anciano matemático: su preocupación continua por el niño que pasa por encima de sus limitaciones de memoria, su capacidad de transmitir sus conocimientos con entusiasmo y su alegría con los progresos de sus ocasionales alumnos, la visión de sus propias investigaciones como un «mirar a hurtadillas el cuaderno de Dios y copiar»...
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